Sídney, ciudad portuaria, amalgama la Ópera y el puente de la bahía con más de cien playas. Pienso en Bondi y Manly, famosísimas. Aquí, la sofisticación urbana choca con la cultura surfera, todo en un marco natural de una belleza salvaje.
Los australianos, conocidos por su trato amable y directo, viven ese "no worries, mate" de verdad; desconocidos se vuelven amigos rápido alrededor de una barbacoa. El dólar australiano es sencillo. Aunque Sídney no es económica, la calidad es indudable: un flat white sale unos 5 AUD, un fish and chips en cualquier chiringuito playero unos 20 AUD.
Un viaje en ferry por la bahía, solo 6 AUD. La Ópera, esa obra maestra de Jørn Utzon con sus velas inconfundibles, es de los edificios más emblemáticos del siglo XX; ver una función en su Concert Hall te deja sin aliento. El paseo costero de Bondi a Coogee, de seis kilómetros, es, sin duda, uno de los mejores itinerarios urbanos del planeta.
Serpentea entre acantilados de arenisca, jardines de esculturas y piscinas oceánicas escondidas. Manly Beach, a solo media hora en ferry, ofrece el matrimonio perfecto entre la onda surfista y playas ideales para familias. De mayo a noviembre, las ballenas jorobadas desfilan por la costa; las puedes ver desde los cabos.
Los mosquitos son manejables y aquí no hay enfermedades tropicales. Las Blue Mountains, Patrimonio UNESCO, quedan a hora y media al oeste; allí te esperan desfiladeros impresionantes, bosques de eucaliptos que huelen a menta fresca y esa formación rocosa que todos queremos ver, las Tres Hermanas.